Periodismo de aventura
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Vamos a suponer que a usted lector se le ocurra convertirse en dueño de un periódico con todas las de la ley. Lo primero que tendría que hacer es contar con un capital suficiente como para comprar maquinaria, contratar el personal técnico, administrativo y artístico (diseño), pagar los salarios del equipo de redacción, incluido el director con trayectoria periodística y varios experimentados reporteros, fotógrafos y camarógrafos.
Ello además de sufragar la renta o compra y acondicionamiento del edificio donde estarán las oficinas y la maquinaria. Agruéguele a esa millonaria inversión el costo de los muebles, el mantenimiento de la página web, el equipo de cómputo, los vehículos, la telefonía, etcétera. Y como para no hacer el ridículo como empresario, deberá disponer de una capital suficiente que le permita mantener su liquidez durante dos años, tiempo mínimo que requiere el posicionamiento de la marca y su impacto en el mercado. Si en ese lapso logra el “punto de equilibrio”, entonces tendrá que hacer otra inversión con el fin de no rezagarse en el área cibernética y comercial.
Una vez cumplidos estos requisitos financieros, está obligado a establecer una línea editorial convincente; es decir, que sus probables lectores y anunciantes se sientan motivados a leer el contenido y no entren el rango de la sospecha que fomentan los compromisos con equis o zeta grupo político o, inclusive, lo que se ha dado en llamar la industria del lavado de dinero.
Después de haberse decidido a cruzar las “aguas broncas” del periodismo, por cierto a veces pantanosas, tendrá que considerar que su proyecto correrá muchos peligros, según lo demuestra el mercado mundial que cada año registra el cierre de periódicos debido a que los clientes en potencia prefieren usar Internet porque ahí está el mercado potencial que representan los millones de internautas, espacio éste que también tiene sus bemoles.
En fin.
Al analizar estos requisitos, digamos que básicos, el lector estará de acuerdo conmigo en la sorpresa que causa la aparición de nuevos periódicos.
Después de ese pasmo vienen las preguntas difíciles de contestar, por ejemplo: ¿qué capitales están detrás? ¿Cuál es la verdadera intención de los empresarios inversores? ¿Por qué invertir en un periódico de papel cuando esta presentación se encuentra en la orilla del abismo? ¿A qué santo se encomiendan para soportar la frialdad contractual del o los gobiernos que empezarán su gestión basándose –creo– en los parámetros de circulación e influencia social?
La verdad está complicado encontrar respuestas convincentes apegadas a la ética comercial, dilema que nos lleva a emplear el criterio de la abuelita que decía: “piensa mal y acertarás”. En este contexto resulta válido hacer las siguientes preguntas:
¿Serán estrategias auspiciadas por grupos del gobierno federal que se preparan para conservar el poder? Tal vez. ¿Se trata de oportunismos coyunturales para montarse en los cambios de gobierno? Quizá. ¿Habrá intereses urgidos por el ánimo de tomar venganza a las ofensas sociales que pudieron haber lastimado a los nuevos editores? Es difícil, pero no imposible. ¿Querrán lavar dinero? Puede ser. ¿Tendrán necesidad de protegerse valiéndose de la supuesta impunidad que pudiera brindar el periodismo? Es probable. ¿Los convoca el entusiasmo natural en los nuevos ricos? A lo mejor. ¿Serán inspirados por el idealismo social o cultural? Lo veo tan complicado como el que los curas pederastas sean capados por el Papa.
Como no hay respuestas rotundas a las preguntas enunciadas, tenemos que pensar en otra posibilidad, la menos alentadora para quienes estamos comprometidos con el periodismo ético. Partiendo de que aún existe el viejo estilo de Carlos Denegri y que todavía se recuerda el de Salvador Novo, pero sin el talento del primero que fue un gánster o del segundo que se valió de su cultura para pisotear la dignidad de los políticos, no deberá sorprendernos que los gobernantes a punto de entregar el poder, sean la carne del cañón que servirá para lanzar a los nuevos “proyectos” de comunicación. Por los riesgos que este estilo conlleva, no me cabe duda de que estamos ante el nuevo “periodismo de aventura”.
Así que, señoras y señores políticos, prepárense para el denuesto o, depende, la exhibición de sus trapitos, y pongan a trabajar a sus abogados; díganles que profundicen en el “daño moral”.
acmanjarrez@hotmail.com