Puebla de las mujeres
joomla.2009
Malinalli se encargó de domar al terrible y cruel Cortés. Así ayudó a su raza. Al amarlo colocó a los suyos al mismo nivel de poder que mostraban los hijos de España. Aprendió a matar sin mancharse las manos de sangre. Si no lo hubiera hecho, ella habría sido otra más de las víctimas de la Conquista.
Manipuló a los inteligentes, unos barbados y otros lampiños. Los midió y manejó a su antojo, o mejor dicho a conveniencia de su raza, de sus creencias, de sus dioses, del inframundo creado por la superstición y la magia de la mente. De ahí nuestro sincretismo.
¿Cuántos españoles se perdieron en el abismo de su mirada? Todos los que se le acercaron porque cada uno, de acuerdo con su capacidad mental, descubrió en ella la luz de la sabiduría que durante generaciones se transmitieron los habitantes de México.
Con esa mujer empezó la contradicción, el odio-amor-desconfianza-temor que hizo del mexicano un individuo que no “quiere ser ni indio ni español.
Tampoco quiere descender de ellos. Los niega. Y no se afirma en tanto que mestizo sino como abstracción: es un hombre. Se vuelve hijo de la nada. Él empieza en sí mismo” (Paz, dixit). No obstante, en el fondo de su corazón se siente orgulloso de su origen, de la mezcla de sangre, de ser quien es: blanco, moreno o apiñonado.
Sor Juana Inés de la Cruz recibió la estafeta de la inteligencia. Con su sabiduría derrotó a los hombres “sabios”. Pudo escribir a pesar de que le estaba vedado. Y así sin más ni más, con la facilidad que se le daba, igual que las rosas que surgen de su planta madre, redactó la famosa Carta Atenagórica, en la cual con un “lenguaje esópico”, para unos perverso y brillante, critica a quien era paradigma del máximo pastor de la Iglesia Católica mexicana.
Juana se convirtió en “el instrumento de Dios para castigar a un soberbio”. Octavio Paz dice que esta Asbaje nunca se avergonzó de ser mujer y que por ello en su obra exaltó el espíritu femenino. Aguiar y Seijas la obligó a guardar silencio sí, pero su voz la seguirán escuchando millones de ojos de la nuestra y las próximas generaciones, fenómeno que puso en ridículo al arrogante prelado… y de paso también a su Iglesia mientras que ésta siga callando la disculpa que le debe a la cultura, a la ciencia.
El “milagro” de Malinalli y sor Juana se repitió en muchas mujeres de México y otras partes del mundo. Aurore Dupin Dudevant, por ejemplo, viajó a París llevando varios de sus escritos en la bolsa. Allá visitó a uno de los editores más famosos: le presentó su trabajo con el argumento de que las mujeres no tenían por qué leer historias escritas por hombres de mediana categoría. El tipo la vio con ternura antes de soltarle la siguiente frase misógina: “Debería hacer bebés, señora, no literatura”. Entonces Aurore creó su propio personaje. Lo llamó George Sand y ella se disfrazó del protagonista de su literatura para romper las barreras del sexo. Con esta careta pudo convivir con los hombres e incluso hizo lo mismo que ellos: beber, fumar… y enamorar a Musset, Liszt y Chopin. El efecto camaleón había dado resultado. Y la literatura tuvo un cambio importante.
Frida Kahlo, la mujer de los claroscuros que le dio colorido al México urbano, artístico e intelectual, es otra de las féminas que transformó a su género. Con ella y sus predecesoras el país, el mundo, despertó gracias a que rompieron las cadenas del sometimiento. Empero, para llegar a este estadio, tuvo que pasar un lapso de cinco siglos; el mismo tiempo que se llevó Puebla para que una mujer fuera presidente de su capital.
Hoy, aquí en Puebla Capital, se reúnen varias mujeres que por su luz, éxito profesional, humanismo, estilo político, capacidad intelectual y vocación social son sin duda las sucesoras de esa intensa lucha que todavía no termina. Y Blanca Alcalá Ruiz la promotora de la venturosa coincidencia que sin duda da un nuevo brillo y colorido al servicio público mexicano, tradicionalmente dominado por los herederos de Hernán Cortés y sus caciques.
Enhorabuena.
acmanjarrez@hotmail.com