Proceso recibe críticas por su forma de juzgar, dice Raymundo Riva Palacio
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Hay un dicho en el gremio periodístico que es carta de impunidad para que medios y periodistas hagan lo que se les pegue la gana: “Perro no come carne de perro”. Bajo ese adagio, los medios no tienen en los medios su principal contrapeso y vigilante, con lo cual, a lo largo de lo que Alan Minc llamó en Francia “la borrachera democrática“, los medios han acabado famas públicas y destruido prestigios personales sin haber siquiera dicho, en sus muchos momentos de equivocación, “usted disculpe”.
Uno de los adalides de este desaseo es Proceso, la revista que durante su primera década de vida fue el piolet incansable contra el autoritarismo mexicano, que desde hace muchos años fincó su “periodismo de investigación” en averiguaciones previas, a partir de las cuales acusó y sentenció a figuras públicas sin admitir con la misma prominencia de sus hallazgos, derechos de réplica. Proceso, convertido en una caja de marrullerías, había navegado sin tormenta alguna en el horizonte, como parte inventariada del paisaje nacional, hasta esta semana.
El preámbulo fue al sugerir hace dos números que el presidente Felipe Calderón tenía una relación con Sergio Villarreal, “El Grande”, miembro del extinto Cártel de los Beltrán Leyva, a partir de su declaración ministerial. Nadie cuestionó el método de Proceso de juzgar a partir de los dichos en la averiguación previa. No es extraño.
Nunca se hace cuando se publican. Al contrario, las averiguaciones previas, que filtra el propio gobierno, son tomadas como verdades absolutas siempre y cuando a quienes se inculpa se encuentren dentro del lado malo del imaginario colectivo, porque cuando a quien se inculpa se encuentra en el lado bueno del imaginario colectivo, entonces la averiguación previa resulta un infundio.
Esto es lo que sucedió como secuela de otra parte de la declaración ministerial de “El Grande”, difundida por Televisa, donde no acusaba de corrupto a ningún funcionario público, sino al mismo reportero que semanas antes había escrito sobre el mismo narcotraficante y Calderón. Proceso dijo que era “unaagresión orquestada desde el gobierno” en su contra por el gobierno y Televisa, por publicar el texto sobre Calderón y otro, este domingo pasado, igualmente débil en fuentes y documentación, sobre presuntos contactos entre el ex secretario de Gobernación Juan Camilo Mouriño y los cárteles de la droga.
Proceso es víctima de su propio método de “periodismo de investigación”, y su escaramuza con Televisa llenó el Coliseo Mexicano. Pan y circo para todos. La diferencia hoy en día es que los esclavos que van a morir en la arena somos medios y periodistas. Nos tomaron la medida –con migajas supuestamente informativas- por no haber establecido mecanismos de rendición de cuentas entre nosotros hace tiempo y exigirnos principios éticos.
Si Proceso es víctima de sí mismo, todos somos culpables por complicidad. Por años hemos usado averiguaciones previas y testigos protegidos para denostar. Por el abuso de ellas, un secretario de Estado no logra quitarse la mancha de estar al servicio del narcotráfico, y un senador y un ex secretario de Gobernación siguen siendo acusados de vínculos con el narcotráfico. El hermano de un ex presidente carga esa mala imagen porque un testigo protegido desechado por Estados Unidos, vendió su falsa historia a un periódico mexicano que difundió su dicho sin corroborar nada de lo que afirmaba.
¿A cuántos políticos y funcionarios hemos denostado a lo largo de los años? A tantos, que no es posible hacer un rápido recuento. Ahora, al aplicarnos el mismo veneno, nos peleamos en el aire, no en la tierra. Empezó la pelea de perros, que al final, sí comen carne de perro. Pero de haber actuado como profesionales, nos hubiéramos evitado llegar a estos niveles de denigración profesional. Lástima, aunque aún es tiempo de enmendar.