Salomón Jauli Dávila
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“Falló mi primer intento para participar en el Maratón de Nueva York. No me pude inscribir. Sin embargo, me colé al grupo de jueces y ahí estuve admirando el esfuerzo de miles de personas. Al siguiente año ya pude hacerlo. Quería terminar la competencia. Me sentía rebasado por la mayoría de los corrredores, muchos de ellos con la mitad de años que yo. Así que puse todo mi entusiasmo y desde que empecé a correr me fijé un objetivo: era una cruz color rojo en la espalda de alguno de los participantes. Seguí el símbolo hasta que, de acuerdo con la tradición que yo no conocía, los corredores empezaron a despojarse de sus chamarras y otras prendas. Fue entonces cuando perdí la cruz roja pero logré ubicar al maratonista y lo seguí hasta la meta. Esperé varios minutos para recuperarme y me le acerqué con la idea de preguntarle la razón de la cruz. El tipo sonrió y amable me respondió: ‘Soy del club de los corazones rotos’. En ese momento me enseñó la enorme cicatriz de su pecho: le habían transplatado un corazón y, según sus propias palabras, vivía de milagro. Esta hazaña me motivó para hacer cosas que jamás imaginé, como el cruzar el Canal de la Mancha. Si ese hombre entrado en años y con el corazón roto pudo hacerlo, me dije, yo también podré”.
Así empezamos nuestras pláticas, Salomón Jauli y este columnista. Él quería escribir un libro sobre su vida deportiva. Deseaba comentar a sus probables lectores cómo perdió los dientes después de haber nadado en aguas casi congeladas sin conocer las previsiones para proteger la dentadura. Y lo qué hizo para eludiar a los guardias rusos que lo habían visto nadar hacia su territorio: no contaba con la visa correspondiente porque nunca se le ocurrió que era uno de los requisitos para cruzar a nado el estrecho de Bering. “Fue un terrible descuido así que tuve que improvisar: convencí a uno de los guías para que nos ayudara a mi y al grupo que me acompañaba, entre ellos el reportero del periódico Reforma. ‘Lo llevo pero llegaremos lejos de los guardias rusos –me dijo–, pero le costará mil dólares’. Y yo acepté su condición. Ya estaba ahí y no podía perder todo lo que había detrás de ese viaje”.
Antes de llegar a esa su nueva meta, Salomón Jauli hizo la hombrada de cruzar el Canal de la Mancha dos o tres años después de haber aprendido a nadar. Tenía casi cincuenta años. Me platicó que cuando el resto de nadadores lo vieron, preguntaron a su preparador: ‘¿Ese viejo es su entrenador?’ “Ello me fortaleció y me dije: tienes que cruzar el Canal. Y lo crucé. Cuando llegué al lado francés el sorprendido juez me preguntó: ‘¿Y su lancha, donde está?’ No sé –le respondí–, pero allá está el barco que me asignaron. Y ahí estaba varado a varios kilómetros de la playa. Ante la sorpresa de las autoridades francesas me despedí y regresé a nado al barco. Cuando subí a bordo el capitán se acercó apenadísimo y muy preocupado. ‘Perdone usted mi error. Pero supuse que nunca llegaría a la meta y presté la lancha a otro equipo’. Pero como yo estaba muy contento me olvidé de la pena del capitán. Y lo estaba aunque triste porque aquellos jóvenes que me tildaron de anciano no pudieron llegar a la otra orilla”.
Hay mucha vida detrás de Salomón Jauli. Fue todo un hombre que, como ya lo dije, aprendió a nadar ya entrado en años, quizá porque en Acapulco, en donde participó en alguna convención bancaria, sus amigos lo bromearon valiéndose de su miedo al mar. Salomón se impuso muchos retos hasta que enfrentó el mayor de ellos: la muerte de su primogénito. Este evento le rompió el corazón y por ello decidió emprender otra carrera, pero ahora siguiendo a su hijo…
Descanse en paz este gran amigo y extraordinario hombre de bien.