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Gozar como obligación

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Gozar como obligación
STAFF PUEBLA ON LINE 2009 6 de julio de 2010

Por una distorsión cultural y atávica, muy pocas veces hablamos de felicidad, gozo y placer como elementos constitutivos y legítimos de nuestra existencia. Obviamos que procurarnos gozo es exigencia de nuestro “ser vivos”, lo cual somos de manera irrenunciable: si no vivimos, no somos. La procuración de gozo guía nuestras decisiones vitales, como el qué y cuándo comer, abrigarnos, descansar, dormir, soñar; y también la elección de pareja, de profesión y las primordiales elecciones cotidianas de seguir viviendo, de amar y seguir amando, de desperezarnos y cumplir nuestras funciones habituales.

Según el famoso escritor Vargas Llosa “sólo un idiota puede ser totalmente feliz”. Pero esto no significa que buscar una felicidad parcial y acotada sea inútil; al contrario, significa que siendo la felicidad completa algo irreal, hay que empeñarse en serio por lograr la mayor felicidad posible. Con lo cual, es más idiota quien desperdicia oportunidades para ser parcialmente feliz.

Ahora bien, el problema es que negamos estas necesidades y además elaboramos un discurso que las contrarresta y descalifica. El problema es que, siendo tan difícil lograr la felicidad, en vez de sumar inteligencias y esfuerzos para buscarla, parece que claudicamos antes de intentarla.
Esto se descubre al analizar nuestra cotidianeidad desde una perspectiva crítica, similar al “enfoque de género” que ha abierto esperanzas de equidad no sólo para las niñas y las mujeres sino también para otros grupos históricamente marginados, excluidos o subordinados.

Lo que se descubre es que muchos de los papeles que desempeñamos en la vida por razones biológicas, económicas y culturales, se han envuelto en pseudovalores contrarios a la felicidad. Son pseudovalores que incluso exaltan el sufrimiento, y disfrazan con visos de superioridad moral a la incapacidad de construir felicidad en nuestro momento presente.

En esta lógica se evita y hasta se condena el cuestionamiento y la crítica de estos pseudovalores

Así, por ejemplo, parece más virtuosa una maternidad sufrida que una placentera; un magisterio sacrificado que otro feliz. Y aunque ya no se estila describir a los maestros y las madres como mártires sociales, aún se perciben tufos de dolor, sufrimiento y sacrificio en la descripción de nuestras labores. Se perpetúa el prejuicio de que es normal cierto grado de estoicismo, de sufrimiento y sacrificio.

El problema es serio. Por un lado, quien desempeña estos papeles se ve limitado en su búsqueda de felicidad. Por otra parte, se accede a la maternidad y la docencia con una mezcla de temor y culpa. Pero lo peor es que se crean relaciones de victimización, enfermizas, que deterioran las posibilidades de gozar tanto de la madre y la maestra como de los niños.

Si el argumento “egoísta” no bastara para convencernos de lo importante que es procurarnos gozo, conviene pensar en el beneficio colateral que obtienen nuestros hijos y nuestros estudiantes. Un profesor feliz es la diferencia nodal entre una escuela gozosa y otra insufrible. Y lo mismo cabe decir de una maternidad gozosa.

En otras palabras, si los maestros y las madres gozamos, seguramente nuestros hijos e hijas, al igual que nuestros estudiantes, tendrán mejores y mayores oportunidades de ser felices; y contarán con ejemplos cercanos de adultos felices.

Por supuesto que la felicidad no se improvisa; y tanto el magisterio como la maternidad no son funciones sencillas. ¿Cómo mejorar las posibilidades de ser felices?

Antes que nada habría que asumir la importancia de gozar y ser felices y las falacias que sostienen el valor del sufrimiento y de la infelicidad. Esto es, en gran medida, lo más importante y lo más difícil.

Lo segundo es aprender y prepararnos para la felicidad. La propia experiencia nos abofetea con lo que puede llamarse una relación primaria entre “prepararnos, prever y planear” y gozar. Si no prevemos y planeamos, y si no nos preparamos de manera adecuada y suficiente nos sentiremos mal, perdedores, fracasados, frustrados, deshonestos e inadecuados ante nosotros mismos y ante nuestros hijos y estudiantes. Este malestar –sana voz de alarma– nos urge a prepararnos para hacer bien lo que hacemos.

¿Se puede? ¡Claro que sí! Es más: se debe hacer todo lo necesario para lograr el gozo en el ejercicio de nuestras funciones cotidianas. La alternativa es agotarnos y amargarnos. ¡Y simultáneamente amargar a nuestros hijos y estudiantes! Y eso, simplemente, no se vale.

*El artículo expresa la opinión personal de la autora, que es académica de la Universidad Iberoamericana Puebla

**Este texto se encuentra en: http://circulodeescritores.blogspot.com

Staff Puebla On Line 2009
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