Melquiades y Elba, maestros de RMV
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Si Melquiades Morales Flores hubiese sabido lo que el destino electoral le deparaba, estoy seguro que nunca hubiera comentado lo que hasta en su época de gobernador fueron secretos del poder. Y menos a Rafael Moreno Valle Rosas, entonces de sus pupilos políticos, el más apreciado y admirado.
Imaginemos, pues, lo que uno le dijo al otro:
–Doctor, le voy a contar lo que ocurre en la íntima intimidad de los expertos electorales. Así que desde hoy será usted mi cómplice y por ello el confidente más hermético. ¿De acuerdo?
¬–De acuerdo, señor gobernador.
–¿Cuento con su silencio?
–Seré una tumba, jefe.
Y ¡zas! que le desmenuza la digamos que estrategia para ganar elecciones.
Y ¡púmbale! que le revela las minucias que usaban los “clásicos” cuando las “encuestas de salida” (antes se llamaban chismes) no favorecían a sus candidatos: robo de urnas, alteración o manipulación de actas, multiplicación de votos, etcétera.
Esas confidencias no pueden llamarse traiciones ya que ocurrieron en otra época y en otras circunstancias, las de compañeros de partido y de proyecto político. Melquiades, creo, intentaba orientar a quien podría sucederlo, a quien era el vivo recuerdo de sus años mozos, precisamente la época en que el abuelo de su alumno le había ayudado a entender la importancia que para el priismo tenía la confiabilidad. “Perder las elecciones propias –pudo haberle dicho Morales a Moreno–, es como meterse a la hoguera preparada para los infieles sentenciados por la Santa Inquisición”.
Y es a esa hoguera a donde varios colegas han enviado al senador Melquiades. Se basan en lo que dijo alguien al cual le dijeron que el compadre del tío del cuñado del pariente de la novia del “general” (éste hijo menor de Melquiades), había escuchado algo que parecía ser una traición al PRI. Y como dieron por hecho que ese cuento es la puritita verdad, ¡órale!, que le zumban al teclado para lucubrar y decirle a sus lectores de qué barro está hecho el senador.
Se equivocaron porque pasaron por alto que el PRI tuvo los mismos votos de siempre. O tal vez creyeron que Melquiades es tan poderoso que logró que medio millón más de ciudadanos acudieran a las urnas, todos ellos instruidos por él para que, junto con otros seiscientos mil poblanos (voto duro panista), votaran a favor de Rafael. O quizá se fueron con la finta de aquella elección donde el ex gobernador contendió para diputado federal del distrito de Ciudad Serdán, la misma en donde quince días que duró la campaña (Melquiades suplió al candidato que acababa de morir) bastaron para imponer el record imbatible tanto en Puebla, como en México y en el mundo: “votaron” por él poco más del 110 por ciento del padrón distrital.
De ninguna manera, señoras y señores. Morales Flores podrá ser lo que ustedes quieran que sea, menos un traidor a su partido. Lo único que hizo fue enseñar a sus colaboradores de confianza cuando era gobernador, los trucos de la política y las mañas electorales de su época. Lo mismo que hace la ínclita y popular maestra doña Elba Esther Gordillo, pero con algunas diferencias bien visibles: el sexo, el poder, el dinero, la ambición y la visión.
Si hubiera una llamémosle escuela para ganar elecciones, ésta tendría en su cuadro de honor a Melquiades y a Elba Esther, dos alumnos que se convirtieron en maestros; uno, Melquiades, retirado de esos menesteres para borrar el pasado electoral y así poder dignificar su carrera legislativa; y la otra, en funciones de doctora en la materia, ante la posibilidad de formar parte de las historias del poder político nacional.
Con esa información, y con esas experiencias, y con el apoyo de varios partidos, y con la lista de mañas electorales en su poder, y con los agravios contra el pueblo a su favor, Moreno Valle no necesitó del apoyo del ex gobernador para hacer lo que hizo, algo que un día de estos usted y yo comentaremos.
acmanjarrez@hotmail.com