Las ofrendas representan una forma de homenaje y memoria hacia las personas que han fallecido: familiares, amistades o compañeros de trabajo.
Se les recuerda y dedica un espacio para imaginar que todavía convivimos con ellos o ellas.
Esta práctica es una tradición viva que se ha enriquecido desde la fusión de las creencias indígenas y católicas durante el periodo de la Conquista.
Cada región del país la vive de manera distinta, incorporando elementos propios de su cosmovisión y expresiones culturales, lo que la mantiene en constante transformación y vigencia.
Sobre el calendario de las almas, aunque no existe una norma fija, se ha extendido la idea de que a partir del 27 de octubre comienzan a llegar los distintos grupos de fieles difuntos.
Ese día se recuerda a los animales de compañía, considerados parte importante de la familia.
El 28 de octubre se dedica a quienes murieron de manera trágica o en accidentes.
El 29, a las personas que fallecieron ahogadas o en situaciones relacionadas con el agua, en alusión al dios Tláloc y los antiguos ritos mesoamericanos.
Los días 30 y 31 de octubre están reservados para los llamados angelitos: niñas y niños que no fueron bautizados o que fallecieron antes de nacer.
Finalmente, el 1 y 2 de noviembre se reciben las almas de todos los demás difuntos.
Estas fechas coinciden con las celebraciones católicas de Todos los Santos y Fieles Difuntos, respectivamente.