miércoles, 03 junio 2026
Posted inAlejandro Montiel Bonilla

Cuando el abuso sexual infantil se esconde detrás de la máscara familiar

Cuando el abuso sexual infantil se esconde detrás de la máscara familiar
Cuando el abuso sexual infantil se esconde detrás de la máscara familiar
Posted inAlejandro Montiel Bonilla

Cuando el abuso sexual infantil se esconde detrás de la máscara familiar

La casa está envuelta en ese aroma inconfundible de diciembre: el aroma a ponche, a los platillos navideños y a cohete quemado, la familia se organiza para cantar la posada. Es Nochebuena, y la familia, esa célula que debería ser el refugio sagrado de los niños, se reúne bajo el manto confortable de la tradición.

En el rincón, la abuela supervisa la gran mesa, satisfecha. Para ella, la imagen de todos sus hijos juntos es la prueba de que el mundo está en orden y de que su matriarcado ha triunfado. 

El abuelo ya está adormilado en su sillón favorito, el alcohol, más que el cansancio, le enturbia los párpados. Clarita, de ocho años, está cerca del árbol, juega feliz con su nuevo regalo navideño.

De repente se escucha un grito fuera de la casa: “¡ya llegué cabrones, el que siempre hace reír a la familia!” 

Ha llegado el tío, el famoso e incómodo tío. Es el familiar del que se habla a media voz, el que trae consigo un aire pesado, del que siempre se esconde la mayoría de la familia, pero al que, por estas fechas, no se le puede negar una silla en la mesa navideña. 

El papá de Clarita se apresura para abrirle la puerta a su hermano, lo recibe con un abrazo rápido y tenso, la cortesía helada de quien cumple una formalidad para evitar un gran conflicto.

El tío ha estado bebiendo con los amigos antes de llegar a casa. Su mirada, aunque un poco perdida por los efectos del alcohol busca desesperadamente entre los asistentes, a la pequeñita Clara. De inmediato, después de los saludos falsamente cariñosos a sus padres, se dirige junto al árbol de Navidad, donde está jugando Clarita, se agacha, la levanta casi hasta el techo y de un tirón la sienta con violencia sobre sus piernas, comienza a acariciarle toscamente el cabello y la espalda; instintivamente, todos los adultos presentes quieren reaccionar para proteger a la pequeñita, pero todos se contienen “porque estamos en familia”.

Desde su sillón, el abuelo, sonríe ante la escena con una mueca turbia, el espejo perfecto de la justificación diciendo: “Déjalo, ya sabes que es pesadote, pero así es el cariño de familia. Ya sabemos cómo es nuestro hijo”. La abuela, la matriarca, interviene, pero no para proteger, sino para mantener la paz, la imagen inmaculada de la familia: “Ya hijo, no la aprietes tanto, que la despeinas. ¡Pero qué bonito que la apapaches con tanto cariño, ojalá así me hubieran acariciado de chiquita!”

Los que deberían ser los primeros protectores de la pequeñita Clara, sus propios padres, ven el claro rechazo de su hija a las múltiples caricias, no pedidas, de su tío, son testigos mudos de cómo su hija quiere zafarse del abusador. 

Ellos conocen perfectamente el historial de ese tío, saben que ya tiene varias demandas en su trabajo por acoso sexual, saben que comparte fotos pornográficas en sus redes, que, por cierto, siempre manda al WhatsApp del grupo familiar cada fin de semana. Ellos siempre han sabido todo eso. Sin embargo, en lugar de intervenir y salvar a su hija, dan la espalda a la escena, bajan la mirada y se enfocan en cortar cuidadosamente el pavo. 

¿Por qué? Porque ellos saben que confrontar a ese tío, al abusador de la familia, en Nochebuena y frente a sus propios padres, significaría romper el silencio familiar, provocaría la defensa inmediata de los fundadores de la familia, los abuelos, ocasionaría que todos se fueran de su casa, ellos se volverían los traidores que habrían roto la santa y maravillosa unidad familiar y esto, -la lealtad a su familia- se encuentra por encima de la integridad física de su pequeña hija. 

Es justamente en este instante de parálisis y justificación al abuso de un adulto a una menor de edad, que el tío mete su mano bajo la faldita de la pequeña Clara y con la otra, en medio de un torbellino de besos en el cuello y bracitos, acerca su teléfono para tomar una ráfaga de fotos de su pequeña víctima acorralada y amenazada. Le susurra al oído, “déjate y te voy a regalar algo”. 

La abuela considera que el abusador de su hijo ya se divirtió bastante con la niña y le alza un poco la voz -siempre dulcemente- tan solo para decirle “ya déjala en paz, ya le diste mucho cariño, y a Clarita le voy a dar muchos dulces porque es una niña muy buena y porque aguanta tus pesadeces”.

El tío apresura dos cubas más y deja abruptamente la reunión, le urge compartir con sus perversos compañeros del grupo de Facebook llamado: “la princesa de papá” las imágenes que acaba de obtener.

Esto, precisamente esto, es lo que las investigaciones sobre el grupo de 20 mil cómplices digitales revelaron y de cuyos miembros, la compañía de Mark Zuckerberg tiene los datos completos y se niega a revelar. Las notas periodísticas fueron claras: los agresores están dentro de la propia familia, las fotos fueron tomadas en la intimidad del hogar, mientras las víctimas duermen, están bañándose o en reuniones familiares. No son fotos robadas de la red; son fragmentos de la intimidad doméstica capturados con alevosía. Ellos mismos confiesan que la niña fotografiada es su hija, su prima o su sobrina.

LAS LEALTADES INVISIBLES QUE ESTRUCTURAN EL ABUSO DE PODER FAMILIAR

El hallazgo de estos grupos digitales nos obliga a dejar de mirar al agresor tan solo como un monstruo aislado y esporádico. El abuso es un producto del sistema, y el sistema que lo permite y lo perpetúa es la familia, concebida ésta como una estructura de poder rígida y desigual.

Como señalaron los expertos Jorge Barudy y Reynaldo Perrone, el abuso sexual infantil es, en esencia, un abuso de poder.

En la familia tradicional, la autoridad se ejerce de forma piramidal. El adulto tiene el poder absoluto sobre la vida, el cuerpo y las decisiones del niño. Esta jerarquía, cuando es absoluta y dominadora, otorga al tío, al padre, a la madre, a cualquier adulto, la licencia total para invadir el espacio e intimidad infantil. El agresor utiliza la confianza inherente a su posición familiar para acceder a la víctima y la intimidad del hogar y entonces asegurar el secreto y evitar la denuncia. La propia casa familiar se convierte en la perfecta zona de operaciones que protege sus perversiones sexuales.

La parálisis de los adultos para proteger a Clarita, en la escena de Nochebuena descrita, es también el terrible efecto de las lealtades invisibles, ese concepto psicológico que explica por qué la cohesión del clan familiar siempre está por encima de la integridad psicológica e incluso física, de cualquier miembro de la propia familia.

El sistema familiar tiene un código no escrito: la lealtad al clan debe estar siempre por encima de la verdad. Si el padre confronta al tío, estaría fallándole a sus propios padres (los abuelos), pondría en riesgo el “honor y buen nombre” de la familia y, por lo tanto, se convertiría automáticamente en el “traidor” que amenaza a la sacrosanta institución familiar.

El abuso sexual a los niños se incuba y prospera porque el clan exige a sus miembros, a toda costa, proteger al agresor. Esto se logra mediante el silencio hacia sus acciones, buscando así mantener la superficial e hipócrita unidad familiar.

De esta forma, la niña que está siendo agredida se queda completamente sola y aislada ante la mirada de toda su familia, se enfrenta al dilema de tener que elegir entre proteger su cuerpo y conservar el cariño de su familia. Ella sabe que, si rompe el silencio, no solo estaría señalando al agresor: estaría demoliendo el altar familiar. Su voz no solo acusaría a un tío, sino que desenmascararía la complicidad de los abuelos y la parálisis de sus propios padres. 

Sería arrojada al purgatorio social de las mentirosas crónicas, las histéricas y las niñas locas, por haber osado romper la regla de oro del clan: la lealtad incondicional. Sabe ya, a su muy corta edad, con una certeza helada y dolorosa, que, para el sistema familiar, la lealtad al apellido está por encima de su propia integridad física. 

En esa Nochebuena, Clarita no solo soporta una agresión; a ella, de forma violenta y sin su consentimiento, la están iniciando en el sendero trágico que millones de mujeres han recorrido antes por los siglos de los siglos: el camino de asumir que se debe soportar, siempre y en silencio, la violencia física y el abuso de poder. Esta lección de hacerse mujer a través del sometimiento, repetida incansablemente en cada reunión e interacción familiar, estará en la base de su futuro afectivo. Sin tener conciencia de ello, esta etapa familiar ya ha trazado su destino psicológico: ha fijado en ella el perfil exacto del hombre violento y abusador que buscará como pareja, condenándola a recrear, dolorosamente, el único y perverso ‘ideal’ de relación que aprendió en su propia familia.

Es necesario que reflexionemos profundamente, este diciembre, la única tradición irrenunciable debe ser la seguridad de nuestros hijos; la Navidad no nos libera de ser sus protectores más firmes. El hallazgo de los grupos de pornografía infantil en redes nos ha quitado la última excusa: el peligro no solo está allá afuera, el peligro es ese pariente oscuro al que le acabamos de abrir la puerta y está sentado junto a nosotros, en nuestra mesa, observando lascivamente a nuestros hijos.

Padres, madres y cuidadores: La lucha contra el abuso comienza con una decisión de coraje absoluto: romper la lealtad al agresor de la familia y ser leales únicamente a la que hasta ahora ha sido una víctima.

  • Deje de Justificar: si un abrazo, una caricia o un gesto se ve y se siente incómodo, no lo minimice con el usual, “es cariño de familia” o “es que está borrachito”. Su instinto no miente. Pregunte de inmediato “¿Qué estás haciendo con mi hija?” y actúe de inmediato.
  • Priorice la Integridad: entienda esto, la paz de las fiestas navideñas no vale la integridad de un niño. El costo de confrontar al familiar agresor es alto, pero el costo de guardar silencio es la destrucción para siempre de su hijo o hija.
  • El único camino para detener este crimen generacional es confrontar las costumbres y jerarquías establecidas, garantizar que la casa sea, de nuevo, un santuario de seguridad y no un centro de operaciones para la explotación sexual.

Esta es la hora de la verdad. El amor incondicional que juramos a nuestros hijos exige que su seguridad esté por encima del nombre, del honor y de las absurdas lealtades familiares. 

Decida ahora sin ninguna duda. 

La integridad física y psicológica de sus hijos está por encima de las relaciones con sus demás familiares. 

Rompa el silencio y detenga la cadena de la violencia sexual hacia los niños.

(*) El autor es psicólogo e historiador.