Posted inErica Rubí Ramírez Martínez

La violencia estructural (1/3)

La violencia estructural (1/3)
Posted inErica Rubí Ramírez Martínez

La violencia estructural (1/3)

En esta secuencia de tres artículos analizaré el feminicidio de la joven de 18 años, Ana María Serrano, sucedido en el año 2023 en el Estado de México, la trágica consecuencia del silencio que siguió a una relación de noviazgo destructiva. Tras la ruptura del noviazgo, su expareja, Alan, desató un patrón tremendo de acoso, manipulación y amenazas que se cernió sobre la joven. El silencio de la joven fue el factor que permitió al agresor, bajo una fachada social impecable, intensificar su conducta controladora hasta lograr el objetivo final: acabar con la vida de Ana María antes de tiempo.

Realizar esta serie de artículos me ha tocado fibras muy sensibles, pero es un ejercicio de memoria y justicia. Al replicar el valiente testimonio de Ximena Céspedes, madre de Ana María, el objetivo es claro: analizar este terrible caso para contar con una herramienta de concientización masiva. Espero que esta narrativa ayude a romper las cadenas del silencio que aprisionan a tantas mujeres y ponga fin a situaciones tan terribles. Este trabajo es un homenaje a Ana María y un llamado urgente a la sociedad para que ninguna otra vida joven sea truncada por la violencia estructural.


EL PESO INVISIBLE DE LA HERENCIA: CUANDO LA BELLEZA Y EL CONTROL SON LA PRIMERA VIOLENCIA CONTRA LA MUJER

La tragedia de un feminicidio, como el que le arrebató la vida a Ana María, la hija de Ximena Céspedes nunca es un evento aislado, es la culminación de un proceso silencioso, alimentado por creencias y estructuras sociales que normalizan el desprecio hacia la mujer.

Detrás del agresor individual, opera un sistema sociocultural que le da permiso para controlar, menospreciar y, en última instancia, aniquilar a una mujer.

El testimonio de Ximena Céspedes, fundadora de la Fundación Naná, revela que la violencia extrema no emerge de la nada, sino de una herencia cultural que mina la autoestima de las mujeres desde la cuna. En el contexto familiar de Ana María, por ejemplo, existían mandatos estéticos que priorizaban una apariencia específica: la abuela que buscaba modificar quirúrgicamente la nariz de sus familiares por considerarla “grande”, este hecho, en apariencia una simple anécdota, es el reflejo más crudo de una condición estructural: el valor de la mujer está condicionado a la aprobación estética de la sociedad y de la familia, generando un profundo problema de autodesprecio.

Esta presión por la “perfección” y el control sobre el cuerpo son las bases de lo que el psicólogo y terapeuta argentino Luis Bonino llamó micromachismos. Son esas “mañas” y “estrategias” de dominación sutiles que operan en la vida cotidiana. Como Ximena Céspedes explica, el agresor empieza por la anulación psicológica: desacreditando lo que la mujer dice o piensa, buscando hacerla “chiquita” y vulnerable, para que “dude de sí misma”. Los micromachismos son la violencia invisible que carcome la identidad, volviendo a la víctima dependiente de la validación del agresor.

La violencia de pareja, por lo tanto, es la manifestación más íntima de una sociedad estructuralmente machista, donde el hombre está convencido de que tiene el poder y el control sobre la vida, el cuerpo y las decisiones de su compañera. Esta desigualdad de poder es la que facilita la escalada de los abusos.

Otro pilar de esta estructura violenta es el mandato social que impone a la mujer la misión de ser la “salvadora” de su pareja. Muchas víctimas, como relata la madre de Ana María, creen que tienen el deber de cambiar al hombre, de ser “especiales” o de “salvarlo”. Esta creencia, promovida por el mito del amor romántico, es una trampa que las ata emocionalmente a sus abusadores, haciéndoles creer que la violencia es una fase superable o, peor aún, una muestra de un amor desmedido.

Pero ¿por qué el silencio de las víctimas? ¿Será por pena? ¿Por qué creen que son situaciones que deberían poder controlar solas al ser ya adultas? ¿Por no preocupar a sus padres?

El silencio se construye sobre un potente coctel de factores psicológicos y sociales:

  1. La carga de la autonomía (el “ser adulta”): Especialmente en jóvenes y adolescentes, existe la creencia errónea de que, al ser ya “adultas” y haber elegido a su pareja, deben ser capaces de “controlar” o “solucionar” la situación solas. Pedir ayuda se percibe como un fracaso personal en su capacidad de juicio. Sienten que revelar la situación es admitir que han fallado en su relación íntima, reforzando el mensaje interno de: “Si yo sola me metí en esto, también es mi responsabilidad salir”.
  2. Vergüenza y miedo al juicio: El estigma social aún culpa a la víctima, el silencio es un mecanismo de autoprotección para evitar la condena, el señalamiento o la clásica pregunta hiriente: “¿Por qué no lo dejaste antes?”
  3. Proteger a la red familiar: Muchas víctimas evitan hablar para no “preocupar” a sus padres o para no “desestabilizar” a la familia. Este acto de “sacrificio” para mantener la estructura y la paz familiar es un reforzador del aislamiento y deja a la víctima sin el apoyo vital que necesita.

Para salir de este círculo, es indispensable el análisis propuesto por la antropóloga y activista mexicana Marcela Lagarde, quien fue fundamental para conceptualizar el término “feminicidio”. Lagarde ha insistido en que la única salida es la construcción de una democracia genérica, una sociedad donde las mujeres sean consideradas ciudadanas plenas, con derecho a decidir sobre sus vidas sin el tutelaje masculino.

La realidad que enfrenta México, y gran parte de Latinoamérica, es desoladora: el 80% de las mujeres, como señala Ximena, solo pide “que las dejen vivir”, que no las desaparezcan o que no les hagan daño en la calle. Esta demanda básica, el derecho a la vida, es el indicador más grave de que la violencia de género no es un problema de pareja, sino la falla más profunda de nuestro pacto social.

El trabajo de la Fundación Naná, que exige a padres y madres detener los pequeños actos de violencia en casa, es un llamado a desmantelar la estructura machista desde sus cimientos. La erradicación de los micromachismos y la renuncia a la idea de que la mujer debe ser salvada o debe salvar a alguien más, son los primeros pasos para que la vida de ninguna otra joven sea la dolorosa culminación de una herencia de desprecio y control.

Si lo necesitas puedes pedir ayuda en: https://fundacionnana.com/

Atención a Mujeres en Situación de Violencia mediante la Línea Sin Violencia 800 10 84 05

Contacto personal:

Instagram: @ericarubipsicologa

Facebook: Erica Rubi Ramirez Martinez

Referencias:

Bonino, L. (1996). Micromachismo: La violencia invisible en la pareja.

Céspedes, J. (2020). No era amor, era violencia: el feminicidio de mi hija [Podcast]. Fundación Naná.

Lagarde, M. (2004). Democracia genérica.

(*) La autora es psióloga