Claudia Sheinbaum: Un año de gobierno
Manuel Martínez Benítez
Claudia Sheinbaum Pardo llega a su primer informe de gobierno con un respaldo que pocas veces se ha visto en la historia reciente del país. Esto lo digo por que distintas encuestas nacionales sitúan su aprobación entre el 70% y 75%, lo que la coloca en un nivel por arriba del que alcanzó Andrés Manuel López Obrador en su 1º año de mandato y por encima de lo que obtuvieron en su momento Felipe Calderón, Enrique Peña Nieto o Vicente Fox. El dato es revelador, la primera presidenta de México arranca con una legitimidad política muy sólida.
Ese respaldo no es casual buena parte de la ciudadanía ve que en su administración la continuidad de los programas sociales que marcaron al sexenio anterior. La pensión universal para adultos mayores, las becas estudiantiles y otros apoyos se mantienen como una garantía para millones de familias. No sorprende que 2 de cada 3 mexicanos perciban que el país está mejor que al inicio de su mandato y que más de la mitad considere que Sheinbaum ha cumplido con lo prometido en este primer año.
Sin embargo debemos decir que hay matices. La llamada luna de miel comienza a mostrar sus límites; encuestas recientes reflejan una ligera o no tan ligera caída en percepciones de “logros” del gobierno. No se trata de un desplome, sino de un recordatorio de que la ciudadanía empieza a exigir resultados más tangibles que los anuncios iniciales.
Cuando se revisa la opinión pública por áreas de gobierno, los contrastes son claros. En lo social, la aprobación es mayoritaria. La población respalda las políticas de bienestar y reconoce avances en la reducción de la pobreza, pero en seguridad ocurre lo contrario, menos de la mitad aprueba el desempeño de la presidenta en este rubro y la percepción de que “no se combate lo suficiente a la delincuencia” es compartida por una parte considerable de los mexicanos.
La violencia sigue pesando sobre el ánimo colectivo, aunque los homicidios han mostrado una tendencia a la baja, el país registra todavía alrededor de 65 víctimas de homicidio doloso cada día.
Es un dato que, visto desde afuera, coloca a México en niveles muy altos de violencia. Por eso, no sorprende que más del 60% de la población del país se sienta insegura. Es el flanco más débil de la administración y el desafío que podría lesionar o acabar con el capital político de la presidenta si no se logran resultados más contundentes.
En el terreno económico, los números son de claro oscuros. El Producto Interno Bruto creció apenas el 1.2% en el 2ºtrimestre de 2025, un aumento muy pequeño para la necesidad del país pero suficiente para evitar el fantasma de la recesión. La inflación, que llegó a superar el 8% en 2022 se ubica ahora en 3.5%, una importante baja pero aun por arriba del rango deseado por el Banco de México.
El empleo también nos da cifras. La tasa de desocupación (de la Población Economicamente Activa) ronda el 2.7%, lo que en apariencia significa pleno empleo. Pero detrás del número se esconde un problema estructural: casi la mitad de los trabajadores carece de seguridad social. La informalidad, más que el desempleo, es la gran asignatura pendiente. El reto para el gobierno es transformar el crecimiento en empleos con prestaciones y estabilidad, no solo en ocupación temporal o precaria.
Uno de los logros más mencionados por la administración anterior y la actual, es la reducción de la pobreza. Los datos oficiales de 2024 muestran que 29.6% de la población vive en esa condición, es decir, 38.5 millones de personas. La cifra es menor a la de 2018, cuando rondaba el 42%. La pobreza extrema también bajó a poco más del 5%. Principalmente el aumento al salario mínimo, pero también los programas sociales y la recuperación económica después de la pandemia explican buena parte de esta mejoría.
Aun así, las desigualdades persisten. El sur del país y las zonas rurales siguen mostrando rezagos muy por encima del promedio. Además, alrededor del 14% de los mexicanos padece inseguridad alimentaria y más de 1/3 carece de acceso a servicios de salud, el mayor aumento en la serie de datos y la mayor deuda que dejo el gobierno pasado. El sistema sanitario sigue siendo un punto débil, y aunque el gobierno ha prometido ampliar la cobertura, los avances son lentos ante el tamaño del problema.
Al llegar a su primer informe y a casi un año de haber asumido el cargo (1º de octubre), Sheinbaum puede presumir un alto respaldo social y tal vez el mayor nivel de aprobación al primer año de cualqueir presidente anterior, de gozar con cierto nivel de estabilidad macroeconómica, una inflación que va bajando, aunque sin llegar a la meta y una disminución de la pobreza, la más importante en los últimos 40 años. No hay duda, su capital político es considerable, la aprobación ciudadana le da margen de maniobra para impulsar su programa de trabajo y consolidar su proyecto.
Pero los retos son evidentes; la inseguridad sigue siendo la principal preocupación de los mexicanos, la informalidad laboral, y el ingreso que aun no es suficiente para todos,limita el bienestar de millones de familias, la cobertura de servicios básicos como salud o seguridad social aún está lejos de ser universal.
Y a todo esto hay que sumarle un mundo muy convulso, con varias crisis y guerras (comerciales y militares) desarrollandose, y con una relación dificil con los Estados Unidos y en especial con el Presidente Trump, que no es fácil de llevar, pero también hay que decir que hasta ahora lo ha “logrado” la presidenta, pero ante esta relación de pares surge una pregunta es ¿siempre lo podrá hacer? ¿siempre lo querrá así Trump?.
En este contexto, el primer informe de gobierno se perfila como una oportunidad para que la presidenta ponga con claridad la ruta de los próximos años. El respaldo ciudadano está ahí, pero el desafío será transformarlo en resultados duraderos. El éxito de su administración dependerá, en buena medida, de que logre avanzar en los terrenos donde el país arrastra rezagos históricos: seguridad, justicia y servicios básicos.
En síntesis, Claudia Sheinbaum llegó a su primer informe con fuerza política y algunos logros tangibles, pero también con la exigencia ciudadana de enfrentar los problemas que, sexenio tras sexenio, han marcado la vida nacional.
Su verdadero legado dependerá de la capacidad para transformar ese respaldo en cambios profundos que mejoren la vida cotidiana de los mexicanos. Y de dejar un sello personal de su gobierno, son su propia identidad, alejandose de su antecesor, sin pelearse, y tomando el control de todo su gobierno.