domingo, 12 julio 2026
Posted inAlejandro Cañedo Priesca

Bibliotecas, librerías y los viajes que primero hacemos leyendo

Bibliotecas, librerías y los viajes que primero hacemos leyendo
Biblioteca Palafoxiana
Posted inAlejandro Cañedo Priesca

Bibliotecas, librerías y los viajes que primero hacemos leyendo

Hay objetos que parecieran haber llegado ya a su forma perfecta. La rueda. La cuchara. Las tijeras. Y, por supuesto, el libro. Irene Vallejo, una de las grandes escritoras contemporáneas en lengua española, recuerda una reflexión de Umberto Eco: el libro pertenece a esa categoría de inventos que, una vez creados, difícilmente pueden mejorarse.

La tecnología deslumbra, cambia, evoluciona y se transforma; sin embargo, el libro sigue ahí. “Ha superado la prueba del tiempo”, escribe Vallejo. “Ha demostrado ser un corredor de fondo”.

Y quizá por eso, quienes viajamos, terminamos encontrándonos siempre con ellos. En estaciones de tren, cafés, hoteles, universidades, librerías antiguas o bibliotecas monumentales. Viajar también es leer ciudades, descubrir historias y entrar a esos templos silenciosos donde las palabras sobreviven a los siglos.

En mi caso, inevitablemente pienso primero en la Biblioteca Palafoxiana, en mi ciudad natal, Puebla. Considerada la primera biblioteca pública de América, nació gracias al legado de Juan de Palafox y Mendoza, quien en 1649 dejó miles de volúmenes para que pudieran ser consultados no solamente por religiosos, sino también por el público. Resulta fascinante pensar que, mientras tantas cosas desaparecieron con el paso de los siglos, aquellos libros siguen observándonos desde sus estanterías de madera virreinal, como guardianes silenciosos de la memoria.

Pero el mundo está lleno de estos santuarios para lectores y viajeros. Está, por ejemplo, El Ateneo Grand Splendid de Buenos Aires, probablemente una de las librerías más bellas del planeta. Antiguo teatro convertido en librería, permite caminar entre libros mientras el escenario, los palcos y las butacas siguen ahí, recordándonos que la cultura puede reinventarse sin perder el alma. Uno entra y tiene la sensación de que las historias todavía flotan entre los terciopelos rojos y las lámparas doradas.

En Praga, las librerías parecen sacadas de una novela. En Londres aún sobreviven establecimientos donde el tiempo parece detenido, mientras que en Berlín el libro se convirtió también en símbolo de reconstrucción cultural después de las guerras y las divisiones.

Recuerdo especialmente haber entrado, durante mi primer viaje solo a Europa en 1989, a la biblioteca del Museo Británico. Más allá de los objetos históricos, lo que impresionaba era pensar en la cantidad de ideas, descubrimientos y pensamientos que habían pasado por ese lugar. Porque una biblioteca no guarda solamente libros; guarda conversaciones entre generaciones enteras.

Muchas veces he pensado que primero conocí ciertos países a través de los libros. Antes de caminar por Inglaterra, ya había imaginado parte de su sociedad leyendo las novelas de Jeffrey Archer. Antes de recorrer Roma, ya me había maravillado con las historias de Julio César, entendiendo cómo una civilización construyó parte del mundo moderno. Los libros tienen esa capacidad extraordinaria: permitirnos viajar antes del viaje y ayudarnos a comprender lo que vemos cuando finalmente llegamos.

Y detrás de todas estas bibliotecas aparece inevitablemente la sombra de la legendaria Biblioteca de Alejandría, el gran símbolo universal del conocimiento humano. Se cuenta que había gobernantes y guerreros que viajaban no buscando únicamente conquistar territorios, sino también libros. Algunos eran prestados con promesas inciertas de devolución; otros terminaban siendo botines de guerra. Los libros eran considerados tesoros capaces de otorgar prestigio, poder y permanencia.

Tal vez por eso las bibliotecas y las librerías siguen emocionándonos. Porque representan algo profundamente humano: la necesidad de dejar huella, de transmitir conocimiento y de entendernos a nosotros mismos. En un mundo acelerado, dominado por pantallas efímeras, entrar a una biblioteca sigue siendo una forma de resistencia silenciosa.

Hay ciudades que primero se descubren leyendo y después caminando.

Viajar permite descubrir paisajes, sabores y monumentos. Pero también permite encontrarse con esas páginas que han sobrevivido incendios, guerras, revoluciones y modas tecnológicas. Y entender que, mientras exista alguien dispuesto a abrir un libro, el mundo seguirá teniendo memoria.

Viajemos juntos.