Cuando el taxi cuesta más que el avión
CanedoPriesca
Hace algunos años me encontré con una situación que, para quienes hemos dedicado buena parte de nuestra vida al turismo, resultaba tan sorprendente como reveladora. El boleto de avión que había comprado para trasladarme entre dos ciudades europeas costaba menos que el transporte terrestre que debía tomar desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad.
Parecía una contradicción.
¿Cómo podía costar más el taxi que el propio vuelo?
Con el tiempo entendí que detrás de aquella anécdota existía una de las transformaciones más importantes que ha vivido la aviación comercial en las últimas décadas.
Quizá por eso recordé mis primeros acercamientos a este apasionante mundo.
Mi relación con la aviación comenzó siendo apenas un niño. A los siete años tuve la oportunidad de realizar mi primer vuelo, de Puebla a Acapulco, a bordo de Aeronaves de México, nombre con el que originalmente se conocía la empresa que después se consolidaría como Aeroméxico. Años más tarde viajé con Air France a Europa, haciendo escala en Houston y París antes de llegar a Madrid. Aquellos viajes despertaron una curiosidad que nunca desaparecería.
Después vino el aprendizaje desde el otro lado del mostrador.
Crecí viendo trabajar a mi padre, Alejandro Cañedo Benítez, y a mi madre, Josefina “Pepa” Priesca Mastretta, quienes durante muchos años estuvieron ligados al turismo. Más adelante realicé mi servicio social en las oficinas regionales de Mexicana de Aviación, donde conocí de cerca el funcionamiento de una línea aérea y comprendí que detrás de cada vuelo existía una enorme coordinación humana.
Sin embargo, la experiencia que más marcó mi formación llegó a principios de los años noventa.
Gabriel Cedillos, exfuncionario de Mexicana de Aviación y posteriormente agente de viajes especializado en vuelos chárter entre Monterrey, Cancún y Orlando, propuso llevar ese modelo a Puebla. Junto con mi padre y con Jorge Velázquez, gran amigo suyo, también exfuncionario de Mexicana de Aviación y una figura importante en el desarrollo de la aviación comercial poblana, hicieron realidad un proyecto que en aquella época parecía muy ambicioso.
Aero Ejecutivo disponía de un Boeing 727 que permanecía libre los domingos. Así nació una serie de vuelos chárter con una ruta poco común: Cancún–Puebla–Orlando–Puebla–Cancún.
Hasta donde tengo entendido, aquella fue una de las primeras operaciones comerciales internacionales realizadas desde el Aeropuerto Internacional de Puebla.
Recuerdo perfectamente aquellos días.
Trabajábamos con una pequeña computadora portátil, algo que entonces representaba una verdadera novedad tecnológica. En una hoja de cálculo llevábamos el control de los pasajeros y los pases de abordar se elaboraban completamente a mano. Yo colaboraba en la documentación, preparaba listas de pasajeros, coordinaba la entrega de los periódicos que se ofrecían a bordo y observaba cómo cada detalle era importante para que el vuelo saliera a tiempo.
Aquella experiencia me enseñó algo que sigo creyendo hasta hoy: cuando existen asientos disponibles y precios adecuados, la gente quiere viajar.
Durante muchos años los vuelos chárter fueron la mejor forma de acercar el turismo a miles de familias. Los operadores turísticos contrataban aviones completos, negociaban hoteles y construían paquetes que hacían posible conocer destinos que antes parecían inalcanzables.
Pero el mundo cambió.
Internet transformó la forma de vender viajes. Los sistemas de reservaciones evolucionaron. Las aerolíneas aprendieron a administrar mejor sus asientos y aparecieron las compañías de bajo costo.
Muchos piensan que el éxito de Ryanair, EasyJet o Wizz Air consiste únicamente en cobrar por el equipaje o utilizar aeropuertos secundarios.
La realidad es otra.
Europa no inventó las aerolíneas de bajo costo. Lo que hizo fue construir las condiciones para que prosperaran.
La Unión Europea creó el mercado aéreo más integrado del mundo. Una aerolínea registrada en Irlanda puede operar rutas entre España, Italia, Francia o Alemania sin necesidad de regresar a su país de origen. Además, alrededor de 450 millones de personas forman parte de un mercado con una elevada movilidad y una importante capacidad de viajar.
América Latina tiene una población incluso mayor, superior a los 650 millones de habitantes, pero el porcentaje de personas que utiliza regularmente el transporte aéreo sigue siendo menor y las restricciones entre países hacen más difícil desarrollar ese mismo modelo.
Asia ofrece otra enseñanza. El crecimiento económico de las últimas décadas incorporó a cientos de millones de personas a la clase media y convirtió al transporte aéreo en una herramienta cotidiana para millones de viajeros.
Las aerolíneas de bajo costo necesitan mucho más que aviones eficientes. Necesitan mercados amplios. Necesitan pasajeros. Y necesitan reglas que favorezcan la competencia.
Europa logró reunir esos tres elementos y por eso hoy es posible encontrar vuelos cuyo precio resulta menor que el traslado desde el aeropuerto hasta el centro de una ciudad.
Cuando recuerdo aquel Boeing 727 estacionado en la plataforma del aeropuerto de Puebla, a principios de los años noventa, no puedo evitar pensar en todo lo que ha cambiado.
Jamás imaginé que algún día existirían boletos de avión más baratos que un taxi.
Pero tampoco imaginé que millones de personas podrían descubrir el mundo gracias a una transformación tan profunda de la aviación.
A veces pensamos que la gran revolución fueron los aviones. Yo creo que la verdadera revolución fue acercar el mundo a millones de personas.
Porque los aviones transportan pasajeros, pero la aviación mueve algo mucho más importante: oportunidades.
Viajemos juntos.