Sin historia no hay memoria, sin filosofía no hay pregunta (*)
AlejandroMontiel
La UNAM puso en revisión quince carreras de humanidades y avisó que podría cerrarlas. Pasó casi en silencio. No hubo marchas, ni desplegados, ni indignación en las benditas redes; a lo sumo una nota perdida entre el escándalo del día. Y esa indiferencia es, en el fondo, la verdadera noticia. Porque lo que está cerrando la UNAM ya cerró antes en medio mundo, y a casi nadie le ha importado.
Los números son fríos: de 596 lugares ofertados llegaron 514 aspirantes. En la lista están: Etnomusicología, Historia del Arte, Geohistoria, Literatura Intercultural, las cinco licenciaturas en Lenguas Modernas. La justificación, también fría, es la de siempre: baja demanda, poca empleabilidad. Suena razonable, suena técnico, suena inofensivo. Así es exactamente como ganan estas cosas.
Porque no es un capricho de la UNAM, es una marea creciente. Reino Unido lleva cerca de cuatro mil cursos universitarios cancelados desde 2024 —uno de cada ocho— y sus lenguas modernas perdieron la mitad del alumnado en una década. En Estados Unidos, la sola Universidad de Virginia Occidental borró 28 programas y su departamento entero de idiomas; otras apagaron Historia, Filosofía, Francés, Teatro, Danza. Australia ni siquiera tuvo que prohibir: en 2021 duplicó el precio de las carreras humanísticas y dejó que el mercado hiciera el trabajo sucio; hoy desmantela centros enteros en su universidad nacional, con catorce mil empleos en el aire. Japón fue más franco: desde 2015 pidió por escrito a sus universidades “abolir activamente” las facultades de humanidades, y la mayoría obedeció.
Y aquí asoma la gran mentira del argumento. Se cierra lo humanístico en nombre de la empleabilidad, como si lo demás garantizara empleo. No lo garantiza. En México, el desempleo es mayor entre quienes tienen estudios superiores —4.3 por ciento— que entre quienes no terminaron la secundaria —2.7 por ciento—, según la OCDE; y solo en 2024 cerca de 12,500 doctores tuvieron que emigrar porque su propio país, que pagó su formación, no les ofreció un lugar. En España la ciencia se sostiene sobre contratos temporales encadenados y sueldos por debajo de la media europea, mientras la emigración no para: ya viven fuera más de tres millones de españoles, casi un cinco por ciento más en un solo año. En Francia, buena parte de sus sesenta mil doctorandos termina la tesis inscrita en el seguro de desempleo, y hasta su Cámara de Cuentas tuvo que reconocer que el doctorado “no protege del paro”. No es que las humanidades no sirvan para el mercado: es que el mercado tampoco quiere a sus científicos. Lo que sobra, en realidad, es la gente que sabe cosas en profundidad.
Y cuando algo sobra, alguien decide eliminarlo. Lo grave es lo que pasa cuando esa decisión llega al poder. Hungría usó exactamente esa coartada —”no hay demanda, es ideología y no ciencia”— para prohibir por decreto los estudios de género en todo el país y, de paso, correr de sus fronteras a una universidad completa, la Centroeuropea. Estados Unidos va por más: el presupuesto de Trump para 2026 propone borrar de un plumazo al mayor fondo público de humanidades del país, y en abril de 2025 canceló mil cuatrocientos apoyos “para reorientar el dinero hacia la agenda del presidente”. Una parte terminó pagando un jardín de estatuas de héroes nacionales. Cuando una jueza frenó la maniobra, tuvo que recordarle al gobierno algo que debería ser obvio: que no tiene permiso para callar las ideas que le molestan.
Pero todo esto ya tiene nombre, y no es libre mercado ni es solo recorte: es tecnofascismo. Un orden donde la economía decide qué se piensa, la pantalla decide qué se mira y el Estado decide qué se borra, los tres en la misma jugada. Y lo decide con ventaja, porque ya nos ganó el terreno. Las humanidades piden tiempo, y el tiempo es justo lo que dejamos de tener. Una carrera de cinco años no compite contra un video de quince segundos que se monetiza al instante. Goldman Sachs le pone precio a esa economía de creadores: 250 mil millones de dólares, y subiendo.
Mientras tanto, el mexicano promedio lee menos de una hora a la semana y le regala casi cinco horas a TikTok. Bruno Patino lo bautizó como “la civilización del pez rojo”: nuestra atención cayó a nueve segundos, menos que la de ese pez de pecera. Y PISA lo confirma sin piedad: solo uno de cada cien jóvenes mexicanos lee de verdad. Los otros noventa y nueve apenas deletrean los textos, en su sentido más amplio.
Ese es el negocio redondo del tecnofascismo. Un pueblo que no lee no recuerda; uno que no recuerda no compara; uno que no compara aplaude lo que sea. No hace falta censurar periódicos cuando ya nadie sabe leerlos. No hace falta quemar libros si nadie los abre. Todo se cierra sin esfuerzo, de manera más limpia, sin sangre: se apaga la carrera que enseñaba a preguntar, y treinta años después la pregunta ya no se le ocurre a nadie.
Por eso vuelvo al principio, a ese silencio. Lo más grave del cierre de la UNAM no es que cierre, es que nos da igual. Defendimos el agua, el maíz, vaya, hasta los toros, pero a las humanidades las dejamos ir sin siquiera un suspiro, todos convencidos de que no sirven para nada.
Y así termina todo: no con censura ni con hogueras, sino con un encogimiento de hombros. No hará falta prohibir la historia cuando ya nadie quiera estudiarla, ni perseguir a los filósofos cuando hayamos olvidado para qué servían. El capitalismo salvaje no necesitó vencernos; le bastó con aburrirnos, con acelerarnos, con
convencernos de que pensar era una pérdida de tiempo y de dinero. Cerramos las aulas que enseñaban a dudar y nos quedamos a solas con la pantalla, dóciles y distraídos, sin memoria para saber de dónde venimos ni palabras para nombrar el mundo.
Las humanidades se apagan en silencio, en cuatro continentes a la vez, y la prueba de que el tecnofascismo ya ganó es justamente esta: que usted llegó hasta el final de este discurso, asintió quizá, y mañana no recordará haberlo leído.
(*) Título original: Sin historia no hay memoria, sin filosofía no hay pregunta, el silencioso exterminio de las humanidades y la democracia que se va con ellas