Hijos adolescentes: Cuidado con decir “ya se le va a pasar”
EricaRubi
Hace unas semanas estaba tomando café con un grupo de mamás de secundaria, una de ellas contó que su hija de catorce años llevaba meses sin querer salir de su cuarto, sin hambre, sin ganas de ver a nadie. “Ay, pero es la edad”, contestó otra, varias asintieron: “Todas pasamos por eso”, la mesa se calmó y siguieron hablando de otra cosa, yo me quedé pensando en esa niña, esa noche, probablemente, nadie le preguntaría de verdad qué le pasaba.
Esta escena la vivimos a cada rato, en juntas escolares, en el consultorio, en las comidas familiares, cada vez que un adolescente suelta una señal de que algo no anda bien, alguien suelta el famoso “es la edad”, y ojo: la intención es buena, queremos tranquilizar, queremos que sepan que las etapas difíciles se acaban, pero sin querer, estamos cometiendo un error enorme: estamos midiendo a los chicos de ahora con la regla de nuestra propia adolescencia y esas dos adolescencias no se parecen en nada.
Los que hoy somos papás, mamás, tíos o maestros crecimos en otro planeta, teléfono de casa, recreos largos, aburrimiento que nos obligaba a inventar algo, pleitos cara a cara y bastante privacidad, las angustias típicas de la edad —el “quién soy”, el cuerpo, el grupo, el primer amor— pasaban en el mundo real, con horarios que sí terminaban, llegabas a tu casa, cerrabas la puerta y listo, la angustia se quedaba afuera, podías descansar de ella.
Eso ya no existe.
El psicólogo Jonathan Haidt, en su libro La generación ansiosa, le llama “el gran cambio de la infancia”. Entre 2010 y 2015, los niños dejaron de jugar en la calle y se pegaron a la pantalla del celular, no es una exageración, en cuestión de años, casi todos los adolescentes terminaron con un aparato en la bolsa diseñado por expertos para engancharlos horas y horas, un celular común recibe como 200 notificaciones al día, el tiempo que pasan con sus amigos en persona se redujo a la mitad, las redes sociales son ahora la plaza, el parque, el patio, duermen menos y la comparación con los demás es constante, pública, y se mide con “me gusta”.
Los números no mienten, en los países grandes de Occidente, los casos de ansiedad, depresión y autolesiones entre adolescentes se duplicaron en muy pocos años justo cuando el celular llegó a sus manos, México no es la excepción: el suicidio en jóvenes de 15 a 19 años se duplicó entre 2017 y 2022 y un estudio reciente con más de diez mil jóvenes mexicanos encontró que tres de cada cuatro dijeron haberse lastimado a propósito alguna vez. Ojo: esto no es que los chicos de ahora sean “más débiles” o “más especiales”, es que están creciendo en un terreno que ningún adulto vivo ha pisado antes.
Y aquí viene lo más incómodo, pero también lo más importante: nadie sabe a ciencia cierta qué le está haciendo todo esto al cerebro de los chicos, ni los investigadores, ni los psiquiatras, ni nosotros como papás, es un experimento gigante, en vivo, con nuestros hijos, tan claro está que hasta hay países que ya están prohibiendo los celulares en las escuelas y poniendo edad mínima para redes sociales, pero la respuesta completa, la científica, todavía no existe.
Entonces, ¿qué hacemos?
Primero: no asustarnos, el miedo no ayuda, segundo y más importante: dejar de minimizar, cuando un adolescente te dice que duerme mal, que se siente vacío, que no le encuentra sentido a nada, que se compara hasta odiarse, no le contestes “ya se te va a pasar”, porque con esa frase, sin querer, lo estás dejando solo con su sentimiento y además te estás perdiendo la información que él te está dando sobre su mundo.
Cuidar hoy significa animarnos a decir “no sé”, significa preguntar más y aconsejar menos, meterte a ver qué onda con su celular —no para vigilar como policía, sino para entender—. Cuidar que duerma bien, que tenga tiempo para jugar sin pantalla, que converse cara a cara, eso no es lujo, es tan básico como darle de comer.
Lo más difícil de aceptar es esto: tu adolescencia, esa que tanto recuerdas para querer tranquilizarte, ya no sirve como mapa, es el recuerdo de otro país, le estamos pidiendo a nuestros hijos que crezcan en un lugar que nosotros nunca caminamos, ni caminaremos y lo más honesto que podemos hacer es aceptarlo, decir “no sé cómo es estar en tus zapatos, pero aquí estoy”.
Porque cuando aquella mamá dijo “todas pasamos por eso”, sin darse cuenta estaba diciendo que su hija podía esperar y la verdad es que ya no puede.
La pregunta no es si va a salir adelante, la pregunta es quién va a estar a su lado mientras lo intenta.
(*) La autora es psicóloga
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Facebook: Erica Rubi Ramírez Martínez
Referencia:
Jonathan Haidt, La generación ansiosa (Paidós, 2024)