EX GOBERNADORES
Arturo Luna Silva
El fin de semana se viralizó un video en el que Manuel Bartlett Díaz es increpado -con más odio que inteligencia- por un pasajero en un vuelo de primera clase a España. Entrado en años, dueño de su propio desprestigio, el ex gobernador y (patético) ex director de la CFE recibe el reclamo tan callado como sorprendido y decide no caeren la provocación. Su respuesta a los consabidos cuestionamientos sobre su patrimonio y la “caída del sistema” en 1988 es el silencio. Quizá el único refugio de tantos personajes que algún día fueron gobernadores, que decidieron ser más odiados que amados y que por razones inexplicables creyeron que el poder es eterno. ¿Cuántos ex gobernadores de Puebla pueden salir a las calles, ir a un desayunadero, tomar un vuelo a donde les plazca, pasear en un parque público, sin ser objeto del desprecio de sus gobernados? Contados con los dedos de la mano, pero que me conste, tres: Melquiades Morales Flores, Guillermo Pacheco Pulido y Sergio Salomón Céspedes Peregrina. El resto o está en el ostracismo -véase el caso de Tony Gali Fayad-, o en la cárcel –Mario Marín Torres– o lamentablemente muertos: Rafael Moreno Valle Rosas, Martha Erika Alonso Hidalgo y Luis Miguel Barbosa Huerta. Lo de Manuel Bartlett, tratándose de una persona de la tercera edad, puede resultar injusto para muchos; para otros, totalmente merecido: resultado, a final de cuentas, de los numerosos agravios políticos y personales sembrados en el camino. ¿Por qué será que muy pocos gobernadores piensan realmente en su séptimo año, el año en que descubren que todos los amigos eran falsos y todos los enemigos, verdaderos? ¿Será por qué el poder obnubila, pero el poder absoluto -sin contrapesos ni autocontroles- obnubila totalmente, y se vuelven ciegos? Por cierto. Según he podido observar, el de gobernador es uno de los cargos más solitarios que existen. Te rodea mucha, mucha gente -y sin duda, las adulaciones no escasean-, pero realmente estás acompañado por nadie.