LA ÚLTIMA EXIGENCIA DE OLGA ROMERO
Arturo Luna Silva
Olga Romero Garci-Crespo se va.
Lo sabe ella, lo saben en Morena y lo sabe cualquiera que observe cómo se mueve hoy el partido en Puebla.
La dirigencia estatal ya no gira alrededor de Olga. Pablo Salazar -el enviado de 01- ha tomado el control político y operativo. Hacia afuera todavía se cuidan las formas; hacia adentro, nadie parece tener dudas.
Secretarios, colaboradores y personal del partido saben que sus días también están contados. Es lógico. De cara al 2027, el nuevo grupo necesita construir una estructura propia, disciplinada y funcional, no seguir cargando con un equipo que dejó al partido inmóvil.
Por eso Pablo Salazar ya encabeza reuniones cerradas, sin teléfonos y con instrucciones claras. Olga sólo escucha, tuerce la boca y conserva el título. Los demás asienten, esperando el momento en que les anuncien que también deben recoger sus cosas ymeterlas a una caja de huevo SRS.
La presidenta sigue ahí.
El poder, ya no.
Olga Romero se aferra a la línea y comienza a rozar el ridículo. Insiste en una candidatura, habla de la presidencia municipal de Tehuacán y actúa como si nueve meses de recorridos, promoción y fotografías hubieran logrado algo que las encuestas sencillamente no reflejan.
Bien sabe que no le alcanza.
Pero tampoco parece buscar únicamente una candidatura. En los corrillos políticos se repite que necesita fuero, influencia y una posición desde la cual continuar enfrentando el conflicto familiar por la herencia de SRS: Socorro Romero Sánchez.
Y como su nombre no levanta, habría presentado una última alternativa: si no es ella, que el gobernador impulse a su hijo Armando.
La petición retrata perfectamente el proyecto.
Primero la madre. Si no puede, el hijo.
Armando Romero es un joven que ocupa la regiduría de Educación, Juventud y Deporte. Su primer encargo público relevante no ha dejado resultados visibles que justifiquen una promoción. Ha producido más contenido para redes que política pública, más fotografías que soluciones y más confrontaciones que trabajo.
Si la regiduría le quedó grande, una diputación no sería un ascenso.
Sería un premio familiar.
Como si Morena estuviera para andar premiando a juniors.
La política no puede convertirse en una escalera para resolver ambiciones personales ni en una herramienta para continuar pleitos privados desde el poder.
Olga Romero perdió el partido, no creció en Tehuacán y ahora pretende heredarle una candidatura a su hijo.
Se va y lo sabe.
Lo sabe ella, lo saben todos…
Lo único que todavía negocia es cuántos lugares quiere llevarse antes de apagar la luz y cerrar la puerta.